Conozco el mapa de cuero de Búho. Me lo enseñó Búho una noche de wisky y gin-tonic que se prolongó hasta el amanecer. El mapa es grande; desplegado ocupa tres cuartas partes de una mesa de comedor. Es de piel, inicialmente fue de color mostaza y ahora con el uso se ha vuelto más oscuro, casi marrón . Y es caótico. En la parte superior y en el centro está el dibujo de Europa, de donde se desgaja la silueta de España en proporciones gigantesca en relación al resto del continente, aunque algunas zonas de Europa también están crecidas: el litoral mediterráneo, hasta Grecia. Debajo de España se ve el norte de África, solo el norte; y debajo Australia. A la derecha están los países árabes y el oriente, esto es, India, China y Japón; todo ello en tamaño reducido. En la parte izquierda aparece dibujado todo el continente americano, aunque en proporcionases caprichosas: Canadá es pequeño, EE UU mengua en el interior y en el oeste, y crece en el este y de manera especial en el golfo de México. Las islas del Caribe y Centro América también parecían ser del gusto de Búho, son enormes. El resto del continente crece o decrece en el mapa de manera caprichosa.
El mapa estaba marcado con flechas, puntos, círculos, anotaciones, números y signos de interrogación y de admiración en tintas de tres colores: las más antiguas, en verde intenso, corresponde a las primeras anotaciones de Búho. Las segundas son obra del inglés loco, un viejo marinero que dejó sus impresiones con tinta de color azul. Hay un tercer color, el rojo, más reciente, que parecen tachones de los anteriores. Me confesó Búho que son rectificaciones, cambios de impresión, desengaños de un sueño. Son obra de Búho. Llama la atención, conociendo las inclinaciones de Búho, determinados tachones y censuras.
Mi gato Naco, el gato con lengua, el gato que habla, aquella noche que estábamos viendo el mapa se paseó sobre el cuero, dio vueltas sobre si mismo encima de la silueta de España y se dejó caer apoyando su hocico en un punto de la costa mediterránea, me miró y por un momento me ha pareció que me quería preguntar algo. Cuando nos quedamos solos habló, creí entender que me preguntaba por qué Búho tachó en rojo la zona que ocupaba su hocico.
Nunca se lo pregunté a Búho, ahora es el momento de que me lo explique. Le escribiré.
5 oct 2009
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