-Conozco un sitio -jugábamos en su campo- que no está mal de precio -para mi que intuía que no le iba a dejar pagar-. Es un asiático, ¿te acuerdas cuando íbamos a los chinos?
-Hace de eso más de veinte años -le contesté-, pero sea.
-Podemos ir andando, no está lejos.
Después de diez minutos de caminar ligero y no ver ningún letrero que me orientase lo "cerca" que estábamos del restaurante, no pude por menos que decírselo
-Estás perdiendo tus raices.
-¿Cómo?
-En el pueblo una caminata de diez minutos se merece coger el coche o llamar al taxista. ¿A ti te parece esto normal?, un cuarto de hora caminando y no sé dónde está el restaurante, ¿no estará en China? -se echó a reír y con mirada burlona me reprochó ser "tan de pueblo", para sermonearme, a renglón seguido, sobre la relatividad del espacio...
-Es curioso -concluyó-, en el pueblo todo es pequeño, casi diminuto, menos la Iglesia y la distancia. En particular la distancia, que parece mucho mayor que en una gran ciudad.
A la vuelta llovía, y, curiosamente, me pareció más corto el camino.
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De regreso a la pequeña ciudad en la que aún vivo me encontré con una carta de Búho. Al parecer él no tiene problemas de percepciones ni de distancias. Ahí está.
Querido J.
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