10 jun 2009

Desayuno para dos

Hacía tiempo que estaba despierto, el suficiente como para disfrutar con el espectáculo de un nuevo amanecer, para repasar los periódicos por Internet y prepararme el desayuno: zumo de naranja, media tostada de mollete y un cortado con la leche fría. Lo tenía todo dispuesto en la mesa de la terraza junto con una bandeja de fruta variada que no tomaba pero le daba color y alegria a la mesa. Me disponía a sentarme y disfrutar de los veinte minutos más relajantes de la jornada cuando sonó el timbre de la puerta. Miré el reloj, las ocho. Abrí y me quedé mudo al ver a Malaspulgas con los ojos caídos y cara de no haber dormido en toda la noche.

-Hola, Búho, siento molestarte pero necesito hablar con alguien.

No conseguí articular palabra, di media vuelta y me dirigí a la terraza. Con un gesto le indiqué que me siguiera y me quedé de pie junto a la mesa del desayuno mirando al mar.

-Lo siento, Búho.
-¿Un café?. Iba...voy a desayunar.
-Gracias, me vendrá bien.


Sin mediar más palabras puse otro servicio en la mesa, me senté y me quedé mirando fijamente al intruso.

-Verás, Búho -comenzó a hablar mientras se servía un café sólo- como sabes Pasión y yo estamos en trámites de matrimoniar, y por lo tanto de que yo emparente con el alcalde.
-Lo sé
-Lo del alcalde me ha descolocado, ya no es lo mismo. No sé cómo explicarlo, pero me da la sensación de que el mundo, mi mundo, ya no es le mismo y eso me acojona. ¿Crees que serviré?
-¿Para qué, para ser yerno del alcalde?
-Y para hacer feliz a Pasión.
-Para lo primero sí. Cualquiera puede ser yerno del alcalde, es más, cualquiera puede ser el alcalde. En cuanto a lo de Pasión no lo sé. No conozco a ninguna mujer que confiese ser feliz por mucho tiempo con hombre alguno.
-¿Tú crees?
-Los espejismos se desvanecen.
-Pero si eso le pasa a todo el mundo igual no es un impedimento para matrimoniar, ¿no crees?

No le contesté, me limité a contemplar con ternura la cara desencajada y preocupada de Malaspulgas y a levantar los hombros. Pasados unos instantes Malaspulgas se levantó y se dirigió a la puerta con intención de salir del apartamento.

-Oye, Malaspulgas, ¿cómo has encontrado este lugar?
-Un día, por casualidad, te vi entrar en el edificio y he supuesto que es donde tienes tu refugio.
-¿Cómo has sabido en qué apartamento vivo?, el portero tiene ordenes de no proporcionarle a nadie la dirección.
-El portero no estaba, sólo había una señora sentada en un sillón de la entrada a la que le he preguntado por ti.
-¿Una mujer?
-Sí, hermosa y extraña. Después de facilitarme la dirección le he dado las gracias y cuando le iba a preguntar si te conocía ha mirado el reloj y se ha marchado diciendo que ya eran las ocho menos tres minutos

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