19 may 2009

Mr, Mrs

Lola tenía por costumbre bajar la intensidad de la luz del Búho de Oro justo a las doce de la noche. Se creaba una media luz, una cálida penumbra que aislaba las mesas, que independizaba a los clientes y trasformaba la atmósfera en íntima y confidencial. En sólo unos instantes se conseguía que las voces se tornaran murmullos y que el humo de los cigarros embriagaran el ambiente. Me gustaba ese momento de mutación.

Aquella noche, aunque primavera avanzada, soplaba un viento ruidoso y una cortinilla de agua mojaba el rostro de las pocas personas que caminaban por la calle. La puerta del Búho de Oro se abrió de forma pausada, lenta y pesada; tanto que nos dio tiempo de observarla y cotillear quién entraba. Apareció una figura envuelta en un impermeable gris oscuro con forma de capa, una gorra de doble visera y un bastón de madera de buena calidad con empuñadura de plata. Se paró a la entrada, sacudió el agua de su impermeable y se quitó la gorra. De camino hasta la barra sacó una pipa curva de su chaqueta a cuadros y pidió un coñac al tiempo que señalaba el fondo del local. Se sentó en la mesa situada en la esquina más remota, sin apenas luz, donde solían refugiarse las parejas que buscaban intimidad. Lola le llevó una copa de Napoleón. Desde la barra observábamos la mesa del desconocido, pero apenas se distinguía poco más que la turbadora silueta de Lola envuelta por el humo de la pipa.

-¿Quién coño es ese, Búho?
-¡Y yo qué sé, Malaspulga, y yo qué sé!. Además, no es cosa nuestra, es un señor que ha venido a tomar una copa, y punto.
-El caso es que no me es desconocido. Me recuerda a alguien, pero no lo acabo de ubicar. -Don Severo, el maestro, se frotaba la barbilla como si de allí  fuera a sacar alguna idea-
-No lleva portátil ni agenda, desde luego no es un vendedor -sentenció Don Próspero-
-¿Y si es un policía?
-¿Qué pasa si lo es, Malaspulgas?. No me jodas que te están buscando y has venido a mi local a esconderte.
-¡Cómo voy a hacer eso, Búho!. Que no hombre, que no. Lo digo porque parece que está reflexionando y analizando, que lo he visto en las pelis.
-No digas bobadas Malaspulgas, desde aquí no se distingue nada.
-Por la pose es por lo que lo digo.
-Ya está bien caballeros, cada uno a lo suyo.

Entré en el almacén buscando a Lola que estaba organizando las botellas de wisky por orden alfabético.

-Oye, Lola,  ese tipo, ¿te a dicho algo, has notado algo?
-No lo sé jefe, desde luego es extranjero. Por el acento más que nada. Sí, seguro, es guiri total. Yo diría que es ingles, pero no sé, no habla como los otros guiris que vienen por aquí.
-Creo que deberíamos de acercarnos, por si quiere algo. Yo iré.

Cojí una bandeja para que me identificara como camarero y crucé el Búho hasta la mesa del desconocido. Me lo encontré con medio cuerpo girado de espaldas y agachado. Cuando sintió mi presencia se volvió y me miró, después de unos segundos de silencio me dijo en voz baja:
-Cocaína. Al 7%. Nadie se da cuenta y me ayuda a concentrarme, hoy tengo un asunto difícil entre manos.
-Señor, aquí no se peremiten las drogas. Lo siento, pero le agradecería que saliera del local.
-Hagamos una cosa, caballero, puesto que nadie se ha percatado, a excepción suya, hagamos que no me ha visto y le prometo que no volverá a suceder. A cambio le dejaré una generosa propina.
-Está bien, pero la propina se la deja a la camarera.

Regresé a la barra sin saber si había hecho lo correcto permitiendo que aquel tipo se quedara en el Búho de Oro. Turbado con esa duda no me di cuenta de que había entrado una mujer al local hasta que me habló.

-Buenas noches, ¿es el encargado?
-Más o menos. Buenas noches señora, ¿qué le sirvo?
-De momento nada, vengo en busca de un caballero alto, delgado, con acento inglés y que fuma en pipa de calabaza.
-Lo tiene al fondo del local, en la última mesa.
-Gracias, ¿le importaría anunciarme?
-¿Perdón?
-Que si es tan amable de decirle que estoy aquí

A Malaspulgas le creían los ojos por momentos. Don Próspero se tomó su medio Chivas de un trago y Lola se metió en el almacén tapándose la boca y ahogar una carcajada. Don Severo era el único que mantenía el temple y permanecía serio y observador.

-¿A quién hemos de anunciar?, -preguntó Malaspulgas tragándose la risa-
-Soy Irene...
-¿Adler?, -interrumpió Don Severo-.
-Claro, quién si no.

Nos volvimos sorprendidos hacia el maestro preguntándole con gestos quién era la tal Irene Adler.

-Caballeros -dijo el maestro engolando la voz-, no se lo van a creer, pero permitan que primero acompañe a la señora.

Fue sorteando las mesas seguido de la mujer hasta unos metros antes de llegar al rincón del desconocido, donde se volvió y le pidió que esperase; después se adelantó y se dispuso a decirle algo al inglés.En ese preciso instante Lola cortó el volumen de la música, lo que provocó un momentáneo silencio en el local, lo suficiente para oír cómo Don Severo hacía las presentaciones:

-Mr Holmes, Mrs Adler

-Una cosa le digo, jefe -Lola susurraba las palabras sin apartar la mirada de los ingleses- el mundo es más grande que su local.
-Lo sé
-Y más emocionante
-También. Y sólo hay que abrir la puerta.
-Eso.

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