Era domingo, había comprado medio kilo de morralla, algo de atún fresco, unas gambas y un calamar. Volvía de Mercadona por el paseo marítimo y la brisa del mar habia dibujado una sonrisa en mis labios. De regreso al apartamento abrí una lata de Cruzcampo y me asomé a la terraza. El ático es como un mini-loft: salvo el cuarto de baño, es un local diáfano donde se confunde la cocina, la biblioteca y el dormitorio. Un ventanal corrido da paso a una terraza mayor que el apartamento. Desde la terraza se ve el mar en toda su magnitud. Aquel dia estaba azul, sosegado, brillante, luminoso, mediterraneo.
La morralla, una cebolla y un clavo llevaban hirviendo una hora cuando cerré el fuego de la cocina. Era domingo y me iba a preparar un arroz a banda. Desde que entré en contacto con el mar mis dietas eran menos carnívoras y tomaba más pescado, además de que el arroz con conejo de mis otros domingos era difícil cocinarlo con conejos desangrados. Pero éste es otro tema. La dos, nivelé una paella donde teóricamente se cocina para cuatro raciones sobre un paellero que me regaló un amigo de Alicante y puse un poco de aceite de oliva, muy poco tomate troceado y eché los ingredientes que había comprado en el super.
Agotada la Cruzcampo me serví una copa de manzanilla la Gitana mientras esperaba a que el sofrito estuviera en su punto. Un poco de música -ese dia tocaba Pasión Vega- y una vuelta al sofrito. Cuando estuvo a punto fui dejando caer el caldo que con el que herví la morralla. Y cien gramos de arroz. Luego eché un puñadito más, tenia la impresión de que me quedaba corto. La base de la paella quedaba cubierta por un sólo grano de arroz, esto permitiría que la cocción fuese homogenea y el caldo se consumiese en toda la paella por igual. Olía bien. Comenzó a hervir el arroz, diecisiete minutos y listo.
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Dispuse la mesa en la terraza, mirando al mar. Habia cortado unas finas lonchas de jamón y un poco de queso curado; unos piquitos y una Coto de Imaz, crianza, bajo de temperatura. Con la pella sacaba un platito de allioli comprado en Mercadona -nunca aprendí a hacerlo-, y me dispuse a comer.
Ding-dong...sonó el timbre de la puerta. Me volví, estuve un rato mirando la puerta del apartamento mientras pensaba si abría o no hacia caso a lo que, probablemente, no fuese más que una equivocación.
Ding-dong...sonó de nuevo. Apurando la manzanilla del catavinos descarté que fuese Jerónimo, el portero. Hoy era domingo y libraba. Una pesada losa de recuerdos y temores al pasado me tenian pegado a las silla.
Ding-dong...sin duda habrían oído la música y sabían que estaba en el apartamento. Miré la paella, miré la puerta...
Ding-dong...las llamadas no eran pesadas. Tocaban una sola vez el timbre y dejaban pasar un buen rato hasta la próxima llamada. Es como si esperaran mi decisión.
Me levanté despacio, caminé lentamente hasta la puerta y la abrí con temor hasta comprobar si seguían allí. Vi una sombra y abrí con decisión ...
Nuestras miradas tropezaron, nos paralizamos, no podíamos pronunciar palabra mientras nuestros ojos se humedecían. Así estuvimos un buen rato, hasta que un imperceptible hola salió de sus labios.
-Hola, cómo...cómo... -no sabía si preguntarle cómo estaba o cómo conocía este lugar-
-Ya sabes, al final me entero de todo. Y bien, estoy bien. Te preguntarás qué hago aquí.
-En realidad hace tiempo que no me pregunto nada
-¿Ibas a comer?. Siempre me han gustado tus comidas.
-Hay para los dos
Agotada la Cruzcampo me serví una copa de manzanilla la Gitana mientras esperaba a que el sofrito estuviera en su punto. Un poco de música -ese dia tocaba Pasión Vega- y una vuelta al sofrito. Cuando estuvo a punto fui dejando caer el caldo que con el que herví la morralla. Y cien gramos de arroz. Luego eché un puñadito más, tenia la impresión de que me quedaba corto. La base de la paella quedaba cubierta por un sólo grano de arroz, esto permitiría que la cocción fuese homogenea y el caldo se consumiese en toda la paella por igual. Olía bien. Comenzó a hervir el arroz, diecisiete minutos y listo.
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Dispuse la mesa en la terraza, mirando al mar. Habia cortado unas finas lonchas de jamón y un poco de queso curado; unos piquitos y una Coto de Imaz, crianza, bajo de temperatura. Con la pella sacaba un platito de allioli comprado en Mercadona -nunca aprendí a hacerlo-, y me dispuse a comer.
Ding-dong...sonó el timbre de la puerta. Me volví, estuve un rato mirando la puerta del apartamento mientras pensaba si abría o no hacia caso a lo que, probablemente, no fuese más que una equivocación.
Ding-dong...sonó de nuevo. Apurando la manzanilla del catavinos descarté que fuese Jerónimo, el portero. Hoy era domingo y libraba. Una pesada losa de recuerdos y temores al pasado me tenian pegado a las silla.
Ding-dong...sin duda habrían oído la música y sabían que estaba en el apartamento. Miré la paella, miré la puerta...
Ding-dong...las llamadas no eran pesadas. Tocaban una sola vez el timbre y dejaban pasar un buen rato hasta la próxima llamada. Es como si esperaran mi decisión.
Me levanté despacio, caminé lentamente hasta la puerta y la abrí con temor hasta comprobar si seguían allí. Vi una sombra y abrí con decisión ...
Nuestras miradas tropezaron, nos paralizamos, no podíamos pronunciar palabra mientras nuestros ojos se humedecían. Así estuvimos un buen rato, hasta que un imperceptible hola salió de sus labios.
-Hola, cómo...cómo... -no sabía si preguntarle cómo estaba o cómo conocía este lugar-
-Ya sabes, al final me entero de todo. Y bien, estoy bien. Te preguntarás qué hago aquí.
-En realidad hace tiempo que no me pregunto nada
-¿Ibas a comer?. Siempre me han gustado tus comidas.
-Hay para los dos