13 sept 2008

El Rayo Que No Cesa

El Rayo que no Cesa falleció con la llegada del verano. En vacaciones de Agosto Luis Andrés publica un obituario y pocos días después me uno a la memoria de El Rayo.


Me sumo, con respeto, al recuerdo de “El Rayo que no cesa”, con quien coincidí en esta revista en los días más dinámicos de El Preguntón. Nos cruzamos guantes dialécticos y nos estrechamos la mano como caballeros. En eso siempre ganaba: era un caballero. Caballero claro, directo y valiente.

Y generoso. Generosidad que demostró al apoyar proyectos endebles que sólo se sostenían con la ilusión de un novicio que sabe que tiene mucho tiempo para consumarlos. Y él sabía, supimos todos, que luchaba con bravura para conseguir unos días más, unos segundos más para estar presente en la vida de su ciudad.

Mi relación con él, por desgracia para mi, fue tardía y otros tuvieron la fortuna de conocerlo mejor. No sabría elegir una palabra que lo definiera, pero sí una que explicara lo que no fue: mediocre. Quizás por eso se sumaba a las ideas imposibles, a causas aparentemente perdidas y participaba en los planes más difíciles sin echar un paso atrás. A El Rayo no le importaba perder, pero no toleraba la rendición. No, El Rayo no era mediocre. Los mediocres se pliegan al confort que proporciona la sumisión a los poderosos, los mediocres aceptan la paz impuesta a cambio del silencio y la penumbra. El Rayo es luz. Y luz clara, sin grises.

A El Rayo no le asustaba perder, pero no perdería sin lucha. Y Juan se fue sin rendirse. Mi recuerdo.

Plinio.

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